domingo, 20 de agosto de 2017

FELIZ VERANO... IMBÉCILES.




P
erdonad que me asome por aquí solo unos instantes. No voy a molestaros mucho. Me despedí de la palabra escrita (por mí) hace mucho tiempo. Y fue un error. Yo escribía para no matar gente, y me ayudaba bastante en mi oculta guerra contra el impulso de exterminaros a todos con un Kalashnikov, ciertamente. 


           Siendo la Justicia un concepto creado por la mente del hombre (Voltaire, Stéphane Hessel, los Derechos Humanos…) que solo existe en sabe Zeus qué conexiones sinápticas dedicadas a almacenar la memoria a largo plazo, hay que concluir que no es nada que crezca en los árboles frutales ni hay ninguna variedad de trigo llamada «Justicia». Es un invento. Imprescindible, pero inventado. Totalmente ajeno al devenir de la Naturaleza, a la que se la sopla.

            Preguntadle a una cebra que está siendo devorada, aún con vida, por una manada de treinta leones. La pobre seguramente intentó llevar una vida de virtud, pero a la Naturaleza se le da una higa, lógicamente. Lo único que instala de serie en el cerebro animal (humanos incluidos) son instintos.

          Veo que hace pocas horas, unos cuantos gilipollas con poco más de diecisiete años han liquidado a trece turistas en Barcelona.

            Y veo que salimos todos, compungidos, heridos de dolor, al día siguiente a manifestar nuestro duelo (algunos, quizá los más consecuentes ni eso) durante un minuto. UN MALDITO MINUTO. Al menos ya sé en lo que valoráis la vida de un occidental: 0,22 segundos por cadáver. Cojonudo. Es mucho más de lo que hacéis por las decenas de miles de seres humanos sepultados para siempre en la mayor fosa común  del planeta: el mar Mediterráneo.

            Por supuesto, a la cabeza de todo, el rey nuestro señor, con presidentes y caterva de seguidores, asesores y sacristanes que cobran (así a ojo) a unos trece euros la sonrisa (pongamos diez sonrisas diarias por lameculos, multipliquemos por un mes y dividámoslas por cuatro mil euros de media). Acojonante.

            Entonces, durante un minuto, UN MALDITO MINUTO, estos tipos se ponen los trajes y las corbatas de luto, se cariacontecen y esperan a ser fotografiados. No os engañéis, no es otro el objetivo: que el objetivo los recoja. 

            Claro, la foto que puebla las portadas de la prensa mundial es esa. No la del minuto posterior; que es cuando se vuelven oscuros y sigilosos a seguir con su veraneo de mariscadas y albariño, como no podía ser menos. 

            Pero no os equivoquéis, ellos son solo un reflejo, una sombra, una caricatura, de nuestra elección ilustrada y empeñada en poner al mando de una de las mayores potencias europeas a unos tipos que, al menos, parezcan más tontos que nosotros, para seguir tranquilitos con nuestras vidas, nuestros chanchullos, nuestros pequeños y graciosos delitos cotidianos, sobre todo contra la Hacienda Pública. 

            Imaginad que nos da por votar a alguien capaz, a una mente preclara, lúcida, por ejemplo a un Einstein. Se monta el Dos de Mayo. En cuanto este lúcido gobernante conozca los datos, los hechos, los manejos de nuestra caterva al mando (pero no solo de ellos, la nuestra también) la primera medida de su ejecutivo sería reinstaurar la guillotina. 

              Iban a faltar vuelos para huir del país. 

          Porque a ver, ¿de dónde han sacado el dinero esos cuatro gilipollas imberbes que de haber podido hubieran volado la estatua de Colón? Exacto, seguid la pista del dinero.

            Y decidme a dónde os conduce. Acertáis de nuevo. A una serie de fortunas, amasadas con sangre (todas se amasan así, desde nuestro padre Adán), que pueblan la península arábiga (pero no solo) y a las que nuestros monarcas y jefes de estado rinden puntual pleitesía justo el día después de que, por un poner, un par de esos augustos príncipes vestidos de seda haya organizado una orgía con niños y niñas de doce años. O sus fuerzas policiales le hayan arrancado las uñas en vivo a uno que se atrevió a opinar sobre algo. 

            Todo muy democrático y ejemplar. 

           Le comentaba a un buen amigo el otro día que, en no tardando muchos siglos, tengo la esperanza de que al igual que la homosexualidad dejó de considerarse una enfermedad mental por la OMS en 1990 (sí, mil novecientos noventa) las religiones, TODAS, sean incluidas por la OMS en la lista de trastornos mentales alucinatorios,  descrito su tratamiento y detallada su cura.

            Aunque pensad por un instante, por un poner, en la «Madrugá» sevillana semanasantera. No creo que estos ojos que han de abonar la tierra lleguen a verlo. 

            Supongo que nadie leerá esto. Mejor. A mí me la bufa y a vosotros os la sopla. 

            Os la sopla junto con el delicioso vaso de cerveza helada que os estáis soplando. Pero no es que no os preocupen los temas sociales, no. Ahora mismo tenéis una enorme preocupación por la tardanza en serviros el plato de pescaito que habéis pedido. 

            Disfrutad y rezad para que el Mediterráneo siga sin secarse.

            Que entonces sí que vamos a correr.