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domingo, 20 de agosto de 2017

FELIZ VERANO... IMBÉCILES.




P
erdonad que me asome por aquí solo unos instantes. No voy a molestaros mucho. Me despedí de la palabra escrita (por mí) hace mucho tiempo. Y fue un error. Yo escribía para no matar gente, y me ayudaba bastante en mi oculta guerra contra el impulso de exterminaros a todos con un Kalashnikov, ciertamente. 


           Siendo la Justicia un concepto creado por la mente del hombre (Voltaire, Stéphane Hessel, los Derechos Humanos…) que solo existe en sabe Zeus qué conexiones sinápticas dedicadas a almacenar la memoria a largo plazo, hay que concluir que no es nada que crezca en los árboles frutales ni hay ninguna variedad de trigo llamada «Justicia». Es un invento. Imprescindible, pero inventado. Totalmente ajeno al devenir de la Naturaleza, a la que se la sopla.

            Preguntadle a una cebra que está siendo devorada, aún con vida, por una manada de treinta leones. La pobre seguramente intentó llevar una vida de virtud, pero a la Naturaleza se le da una higa, lógicamente. Lo único que instala de serie en el cerebro animal (humanos incluidos) son instintos.

          Veo que hace pocas horas, unos cuantos gilipollas con poco más de diecisiete años han liquidado a trece turistas en Barcelona.

            Y veo que salimos todos, compungidos, heridos de dolor, al día siguiente a manifestar nuestro duelo (algunos, quizá los más consecuentes ni eso) durante un minuto. UN MALDITO MINUTO. Al menos ya sé en lo que valoráis la vida de un occidental: 0,22 segundos por cadáver. Cojonudo. Es mucho más de lo que hacéis por las decenas de miles de seres humanos sepultados para siempre en la mayor fosa común  del planeta: el mar Mediterráneo.

            Por supuesto, a la cabeza de todo, el rey nuestro señor, con presidentes y caterva de seguidores, asesores y sacristanes que cobran (así a ojo) a unos trece euros la sonrisa (pongamos diez sonrisas diarias por lameculos, multipliquemos por un mes y dividámoslas por cuatro mil euros de media). Acojonante.

            Entonces, durante un minuto, UN MALDITO MINUTO, estos tipos se ponen los trajes y las corbatas de luto, se cariacontecen y esperan a ser fotografiados. No os engañéis, no es otro el objetivo: que el objetivo los recoja. 

            Claro, la foto que puebla las portadas de la prensa mundial es esa. No la del minuto posterior; que es cuando se vuelven oscuros y sigilosos a seguir con su veraneo de mariscadas y albariño, como no podía ser menos. 

            Pero no os equivoquéis, ellos son solo un reflejo, una sombra, una caricatura, de nuestra elección ilustrada y empeñada en poner al mando de una de las mayores potencias europeas a unos tipos que, al menos, parezcan más tontos que nosotros, para seguir tranquilitos con nuestras vidas, nuestros chanchullos, nuestros pequeños y graciosos delitos cotidianos, sobre todo contra la Hacienda Pública. 

            Imaginad que nos da por votar a alguien capaz, a una mente preclara, lúcida, por ejemplo a un Einstein. Se monta el Dos de Mayo. En cuanto este lúcido gobernante conozca los datos, los hechos, los manejos de nuestra caterva al mando (pero no solo de ellos, la nuestra también) la primera medida de su ejecutivo sería reinstaurar la guillotina. 

              Iban a faltar vuelos para huir del país. 

          Porque a ver, ¿de dónde han sacado el dinero esos cuatro gilipollas imberbes que de haber podido hubieran volado la estatua de Colón? Exacto, seguid la pista del dinero.

            Y decidme a dónde os conduce. Acertáis de nuevo. A una serie de fortunas, amasadas con sangre (todas se amasan así, desde nuestro padre Adán), que pueblan la península arábiga (pero no solo) y a las que nuestros monarcas y jefes de estado rinden puntual pleitesía justo el día después de que, por un poner, un par de esos augustos príncipes vestidos de seda haya organizado una orgía con niños y niñas de doce años. O sus fuerzas policiales le hayan arrancado las uñas en vivo a uno que se atrevió a opinar sobre algo. 

            Todo muy democrático y ejemplar. 

           Le comentaba a un buen amigo el otro día que, en no tardando muchos siglos, tengo la esperanza de que al igual que la homosexualidad dejó de considerarse una enfermedad mental por la OMS en 1990 (sí, mil novecientos noventa) las religiones, TODAS, sean incluidas por la OMS en la lista de trastornos mentales alucinatorios,  descrito su tratamiento y detallada su cura.

            Aunque pensad por un instante, por un poner, en la «Madrugá» sevillana semanasantera. No creo que estos ojos que han de abonar la tierra lleguen a verlo. 

            Supongo que nadie leerá esto. Mejor. A mí me la bufa y a vosotros os la sopla. 

            Os la sopla junto con el delicioso vaso de cerveza helada que os estáis soplando. Pero no es que no os preocupen los temas sociales, no. Ahora mismo tenéis una enorme preocupación por la tardanza en serviros el plato de pescaito que habéis pedido. 

            Disfrutad y rezad para que el Mediterráneo siga sin secarse.

            Que entonces sí que vamos a correr. 






jueves, 11 de febrero de 2016

AGRADECIDO...



… y emocionado (que diría la Morgan), pongo estas líneas al viento para que ondeen al céfiro que toque. […]. «Este adiós no maquilla un ‘hasta luego’, este ‘nunca’, no esconde un ‘ojalá’» […] (que también diría el maestro Sabina). Han sido cinco años escribiendo este cuaderno de bitácora, de aprender mucho y enseñar poco; para mí, desde luego, altamente provechosos.

            Ahora, voy a descansar del articulillo cachondo, que la actualidad se me indigesta. Quieras que no, el comentar los sucedidos en esta letrina patria, te va impregnando el alma de ese olor agusanado y tóxico. Se harta uno hasta de los que quieren «tomar el cielo por asalto» para luego exhibir pajaritas y esmoquin en las galas del sábado. No digo ya de la olla podrida de gaviotas azules. O de los sultanatos del Sur (quizá, «susanatos»).

            Apestan.

            Uno de los narradores por excelencia, Juan Marsé, decía que «la actualidad, a la hora de escribir, más bien estorba. Y hoy más que nunca». No es que uno (ni por asomo) espere escribir algún día el Ulysses de Joyce (por suerte para todos, quizá…), pero si algo más sale de mi teclado me agradaría que estuviera lo menos contaminado posible.

            Me gustaría hacer cosas distintas y más distantes.

            Y puede que alguna vez termine de cabrearme y aplique la máxima de mi querido Bukowski: «Find what you want, and let it kill you». Y me retire a algún sitio cerca del mar a hacerlo. Si lo hago será buena señal, desde luego.

            
             Así que a todas. A todos… gracias por venir.




viernes, 27 de noviembre de 2015

A TENER EN CUENTA...





C
uando escribo esto, parece que es la víspera del famoso «Black Friday». Otra esplendorosa costumbre con su barbarismo que nos colocan los anglos y los sajones, referida al día en que se inaugura la temporada de compras navideñas. ¡En noviembre! (bueno… ya podéis encontrar lotería de Navidad en agosto en vuestro chiringuito playero, tampoco es nada del otro mundo).

Esto del Blac Fraidai, en los EEUU se corresponde con la jornada siguiente del Día de Acción de Gracias. Aquí este año cae en el día 27 de noviembre, san Facundo Mártir. Lo cual que estamos en época de chamuscar las tarjetas bancarias.

            Claro que para ello se tienen que dar tres circunstancias:

                        -Tener cuenta en un banco.
                        -Disponer de una tarjeta asociada a ella.
                        -Gozar de saldo disponible.

            Que desde el crack de 2007 no son ya condiciones detentadas por el común de los mortales de occidente. Hasta entonces sí, cualquier ganapán tenía un tarjetero más largo que el santoral. Yo mismo, llegué a tener cuatro tarjetas de crédito (incluyendo dos Visas Oro que te rilas). Hoy solo conservo una y de débito. Y no la llevo por la calle, le tengo puesto un altarcillo en casa y a veces le rezo.

            El hombre, por su natural inventivo y su manía de continuar con vida, no para de darle vueltas a la cabeza cuando aprietan los fríos financieros. Así que descartado el dinero de plástico se pasa uno a la única opción crediticia para casos de urgencia: la autorización de descubierto en cuenta.

            Es un sistema verbal, fácil, rápido y caro (como todo lo bancario). Pero tiene una premisa sine qua non: tienes que conocer al director de tu sucursal. Y sobre todo, el director de tu sucursal te tiene que conocer a ti (eso es sencillo, con solo apretar un botón el sistema informático le canta hasta lo que hiciste el último verano).

            El único inconveniente es que hay que estar dotado de un cierto espíritu comercial, o sea saber venderse a uno mismo. No se puede llamar a Manolo, nuestro director, un lunes, a las 08:30 de la mañana, que estará recién abierta la sucursal, y el hombre tendrá cara de jabalí acorralado, la mesa llena de problemas aplazados desde el viernes (Manolo es muy español) y acechando al primero que se le acerque para joderlo bien. No.

            La primera premisa es empatizar con Manolo. Verlo como si fuera nuestro jefe. ¿Qué día irías a pedirle a tu jefe un aumento,… un par de días libres? Un viernes al mediodía, por supuesto. Cuando ya Manolo está enterrando en las carpetas del lunes todas las mierdas irresolubles, y desde la ventana le llegan los efluvios de las jibias plancha del bar de enfrente que le chorrea la salivilla por el fondillo del pantalón.

Ahí apareces tú.  

          Bien, pues la llamada tiene que producirse ese viernes entre las 13:00 y las 13:45 (nunca antes). Y hay que haber dedicado la tarde del jueves a preparar un guión, incluso, si hemos practicado ante el espejo algo de lo que en la técnica comercial se conoce como Role Playing (o sea una simulación de la situación), miel sobre hojuelas.

     Os puedo extractar algo del manual sobre Las mejores excusas para autorizaciones de descubierto:

            1.- Estoy esperando una transferencia que no llega.

            Esta es muy común. Manolo está harto de oírla, pero siempre le queda la duda de si tú serás el ÚNICO cliente que no le miente. Aunque es una excusa-condón. De un solo uso. A Manolo no lo engañas dos veces.


            2.- ¿Que no me han ingresado la nómina todavía?

            Bueno, esta… si a Manolo le ingresaran un euro por cada vez que la oye… Es muy de usar cuando te acaban de despedir y todavía no te han ingresado la primera mensualidad de la prestación por desempleo (Manolo lo comprobará, ya te lo digo yo). Si tenéis mucha mucha confianza con Manolo y está ese día sembrao, puede que os regale la preguntita de qué día te la ingresan:

            —El cinco.
            —Por el culo te la hinco.

            Pero ya ha pocos directores así.

            3.- Oye, que tengo que sacar el coche del taller que se le partió la junta de  trócola y engranó el buje de la magneto. Me cobran un pastizal.

            No os inventéis cosas. Porque puede ser que Manolo tenga como hobby la mecánica y lo cabreéis. Y esta excusa es buena porque se puede utilizar cuatrimestralmente, además de hacerle creer a Manolo que os puede colocar un préstamo al consumo para un coche nuevo. No la queméis.
             
4.- Mira que se me ha muerto una tía abuela y he heredado una casa pero tenemos que ir mañana a pagar el impuesto de sucesiones, porque el otro heredero vive en Ejea de los Caballeros y se va.

Esta es buena. No matéis tampoco a más de dos tías abuelas, que Manolo es buena gente pero
un día se os cabrea y os pide la esquela por fax.

5.- Escucha, que el lunes mismo te lo ingreso, este fin de semana he quedado con mi cuñado para ver el fútbol y me va a devolver los 1.000 euros que me debe.
Ni se os ocurra. Que Manolo puede ser un cachondo y a lo mejor os hace que lo invitéis al partido para veros la cara de pánfilo cuando el cuñado no os pague.


Podríamos seguir un buen rato, en mis tiempos de bancario he visto cosas que no creeríais. Pero dejadme que os de un último consejo:

Os van a soplar unos 40 euros de comisión de descubierto sin epidural, más los intereses de descubierto, más las comisiones que el director tenga a bien aplicarte salidas de sus partes nobles. Manolo no os está haciendo ningún favor, hace negocio, y muy bueno. Y encima tiene que parecer que le debéis la vida para que Manolo se sienta tranquilo.

Así que no pidáis un descubierto de 100 euros porque solo podréis sacar unos 50, con suerte… Think Big.




domingo, 13 de septiembre de 2015

LA ESPE



L
a esperanza mata. No hay duda. Al menos yo no la tengo. Y llevo ya más de cincuenta representaciones de Este año lo consigo…, la obra teatral que cada uno representa en el teatro de la vida. Y oye, que siga muchos años en cartel y vosotros que lo veáis. Ahora, que te digo yo que no. Es una maldición maravillosa, pero tiene los mismos efectos que la droga.

            Supongo que es un sentimiento intrínsecamente humano. Pongamos un perro. Un perro no tiene esperanza, vive un feliz presente continuo (sin ser yo filólogo ni nada de eso, se lo tendré que consultar al mío de cabecera, que por fin ha vuelto a las Españas para regocijo de los que estamos desasnándonos en el castellano). O sea, un perro debe tener en mente solo dos tiempos verbales creo, bien el presente bien el pretérito perfecto (pero un pretérito rapidito que se le olvida): como/he comido, trisco/he triscado. Además del presente continuo que en castellano dicen que se forma con la perífrasis «estar + gerundio»: Estoy comiendo/estoy triscando. O sea, una feliz acción presente en curso.

            El modo subjuntivo para un perro debe ser como la «conjetura de Poincaré» para este cura que os escribe.

            Su única preocupación ante un objeto o situación es:

            ¿Se puede jugar con él? ¿Se puede comer? ¿Se puede montar? Y todo esto… ¿se puede hacer AHORA?

            Caso de no ser así, un perro lo descarta o lo entierra y pasa a otra cosa tan feliz como si no hubiera existido nunca la preocupación anterior. Así, la sabia evolución natural, ha dado al perro la posibilidad de mover el rabo y al hombre no. Ya que mover el rabo en modo subjuntivo sería harto complicado.

            Pues bien, el hombre usa tantos tiempos verbales en su cabeza (menos algunos ejemplares del hombre rupestre —sin intención peyorativa alguna para el Homo Abderitensis— que subjuntiva el presente: «ganemos el partido» por «ganamos el partido») que a veces no sabe cuál escoger. Desde que nos volvimos inteligentes cuando nos expulsaron del paraíso por la jodida manzana (que más tonto no se puede ser, porque si el Árbol del Bien y del Mal hubiera dado jamones de bellota, pues oye...) andamos perdidos los «adanes» rebotando contra cada peñasco que nos pone el Supremo Guionista. Las «evas» menos, porque ellas vienen con más inteligencia de serie y mejor terminadas, no cabe duda.

Ando ahora embarrado con La divina comedia y no encuentro mejor definición conceptual que la que usa el Dante a las puertas del infierno: « ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! ». Una frase con la que quizá nos debería recibir la matrona que nos ayuda a venir al mundo. Porque como dice mi respetado Arturo Pérez-Reverte, la vida es un territorio hostil. Y no hay nada más hostil que el infierno. Acostumbramos al olvido feliz, pensando que el universo se compone de nuestras bonitas calles europeas asfaltadas, limpias y vigiladas por una policía que nos librará de los malos. Y no. Os daré unos datos curiosos para jodernos el día:


En mi caso, os puedo decir que la esperanza no se cuenta ya en cantidades significativas entre mi acervo.

 Y en su uso como sinónimo de ilusión, yo hace tiempo (como unas ocho empresas) que decidí que mi vida no iba a ser mi trabajo, porque ninguna de mis diversas ocupaciones me han dado la ilusión de poner la vida en ellas. Solo de ganármela. El trabajo es solo una de las cosas que hago. Y como no soy investigador de textos clásicos del siglo IV a.c. o de un laboratorio para secuenciar el ADN de la proteína que cure el cáncer, o bien, alfarero (esos trabajos sí podría amarlos), pues considero la labor diaria como una herramienta que me proporciona atún, pan, queso y gasolina. O sea, para mí, el trabajo es un escoplo que (sudando) me ayuda a comer. Lo que viene a ser una suerte de «cuchara» social. Una herramienta no más valiosa que la escobilla del váter.  

Y he cambiado muchas veces de cuchara. Son prescindibles, se oxidan y jamás se me ocurriría enamorarme de una.  

            Quizá la fe religiosa (que ya sabéis queridos niños y niñas que es una de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad) sea una especie de esperanza diferida, prestada, entregada a un ser trascendente (o amigo imaginario, aunque en este caso hablaríamos de esquizofrenia, excepto que sean millones los seguidores, en cuyo caso se llama religión), que nos evita luchar por algo. Más cómodo es, desde luego.

            Por ejemplo, un opositor que fía más a la esperanza, en sus versiones de advocación mariana, escapularios, patas de conejo o estampitas de fray Leopoldo, antes que al trabajo riguroso… ya debería saber el resultado de su examen. Es como ir a la guerra con un crucifijo y sin armas. Porque incluso en el caso de que se hayan pasado cientos de horas de estudio, ni siquiera así tiene asegurado nada. Solo la oportunidad de competir en igualdad con los poquísimos que sobrevivirán a la matanza.

            Y conste que soy sumamente respetuoso con los adultos responsables que deciden seguir «jugando a los muñecos» (como suelo llamar a la devoción por las imágenes o los Geyperman) durante toda su vida racional; bueno, me molesta un poco que corten las calles en Semana Santa para pasearlos, pero comprendo que, si incluso el poderoso Poncio Pilatos en sus tiempos de gobernador de Judea y de representante imperial del César no se atrevía a dictar algunas penas de muerte sin la aquiescencia de los oscuros brujos del Sanedrín, hoy, finiquitada ya hace tiempo la primera década del siglo XXI se siga teniendo en cuenta.

            Al emperador Napoleón se le daba una higa la religión, pero la consideraba útil para el control de masas.

            No quiero que nos quedemos con un sabor de boca amargo, queridos parroquianos. Tampoco es eso. Estoy con Saramago en que si estudiamos la historia del hombre sobre la Tierra no hay muchas razones para tener esperanza, vale. Pero cuando veo a los niños yendo al cole con una sonrisa me recupero un poco.

            Porque tengo la esperanza de que mi filólogo de cabecera les de clase. 



sábado, 17 de enero de 2015

LIBERTÉ, ÉGALITÉ, ISLAMITÉ…



T
engo un amigo del barrio que habla francés mejor que Gérard Depardieu (sí hombre, el gordo de la peli de Astérix). Aunque Depardieu en realidad ahora es ruso ya que se dio de baja de Francia por los impuestos. Si aquí pudiéramos hacer eso a Montoro no le quedaba para sangrar ni la sota de oros de la baraja (un tío que ostenta  el triste récord desde que comenzó el  Régimen del 78 de haber subido más de cincuenta veces los impuestos en tres años, ya me dirás); es más, de primero en las tabernas de  Moscú servirían paella valenciana o gazpacho andaluz. Los martes, cocidito madrileño… repicando en la buhardilla, que me huele a yerbabuena y a verbena en las Vistillas.

A lo que vamos, que me liáis, este amigo, que dio clases en la Sorbona, ya no vive en el barrio. Ni en España. De hecho ha habido veces en las que ni siquiera vivía en el mismo continente que yo, con lo que el equipillo de fútbol que teníamos cuando jugábamos en la calle (en la que pasaba un coche cada 45 minutos, de ahí los dos tiempos de partido) pues ya no es el mismo. La historia de España: los mejores se van. Como la verdad es que necesitaba escribir algo sobre Francia después de la masacre de París; y como vosotros, mi pequeña y selecta parroquia, sois más baratos que el psiquiatra… en vez de cascárselo a él por correo, os lo casco a vosotros.

Tengo que decir en mi favor, que aunque soy prácticamente nadie, uno tiene ya la vida vivida y si vienen a por mí con un par de Kalashnikovs, pues mira, lo único que conseguirían sería adelantarme la fecha de dejar de fumar. Que sería de agradecer.

            Lo que han hecho estos salvajes, no tiene justificación posible. Ni divina ni humana. Ni lo que hace la OTAN, ni Europa, ni EEUU cuando bombardea poblaciones civiles con niños;  en eso puedo coincidir con Willy Toledo, y casi en lo de vivir en Cuba (en lo demás me parece que se arma el taco).

Y por lo parece, estos tres payos eran franceses de segunda generación. Tan franceses como el presidente de la república, Françoise Hollande o el queso Roquefort. Con un pasado de delincuencia juvenil, drogas, cárcel, segregación y exclusión social, que conocen a un supuesto imán que los «ilumina» y… pasa lo que tenía que pasar. La secuencia es largamente conocida.

Os lo dice uno que trabajó de «carcelero» hace muchos años en un centro de menores (un reformatorio, vamos). Aguanté pocos meses, porque allí, los que realmente nos reinsertábamos… éramos los trabajadores, una vez que podíamos escapar de aquel curro sin que pitara el arco detector de metales. Yo mismo veía cómo la reinserción era punto menos que imposible (quitando, digamos un 3% de casos) si cuando salía de allí el chaval volvía a su entorno social donde el padre ni está ni se le espera, la madre es adicta al jaco, el tío está en la cárcel por homicidio y la única que lo cuida un poco es la abuela. Blanco y en botella. Y las «amistades peligrosas» que van a recibirlo no varían. A ver, que con ese pequeño 3 por ciento que se puede recuperar ya vale la pena la existencia del centro.

Pero creo que solo hay un camino para la paz social: que la desigualdad entre los de arriba y los de abajo sea soportable. O sea, educación, sanidad y servicios sociales públicos y gratuitos.

Lo demás está por demostrar.

Y por lo que conozco de Francia, tiene una concepción del «estado del bienestar» muy avanzada. Puede que solo los superemos en el sistema sanitario público, y no estoy muy seguro. Que aquí la justicia y la medicina se imparten en nombre del rey nuestro señor y aquello es una república. Y laica. Cada uno/a puede creer en los brujos que quiera. Incluso predicar que la Tierra es plana mientras no llegue tarde al trabajo con esa excusa.

Que yo sé que la mayoría no lo sabéis, o igual sí, pero el Reino Unido y Alemania tienen un sistema de protección social (no digo sanidad, solo protección social) ¡muy superior al nuestro! Solo tenéis que buscar los benefits británicos (ver) y el Hartz IV alemán (ver). Claro que esto os lo mantendrá oculto Mariano en el telediario… sobre todo si sois uno/a de los 2,6 millones de desempleados que ya no perciben ninguna prestación (ver). Una bomba de relojería…

Pues bien, en Francia también se segrega, claro. Si eres una joven  francesa de un barrio periférico de París, de mayoría musulmana, no se te ocurra poner en el currículum para cajera del Carrefour tu verdadera dirección. Que ya te digo yo que ni te llaman (ver).

Lo explica perfectamente en sus tramas uno de mis favoritos, y creo que uno de los mejores escritores franceses: Michel Houellebecq. No os perdáis Ampliación del campo de batalla y Las partículas elementales. Que por cierto, ha tenido que ponerse en cobro de París porque ha dado en el clavo con su última novela: Sumisión (ver).

Así que conste que me parece perfecto que en la república francesa esté prohibido el uso del velo islámico y la kipá judía en edificios públicos y colegios. Y las crucecitas en la pared. La religión, en un país civilizado debe remitirse al ámbito privado. El que quiera asar sardinas en su casa que se trague el humo, pero que no apeste a todo el edificio.

Y mejor no me preguntéis lo que opino sobre colapsar un país entero para pasear imágenes de horribles torturas en Semana Santa. Que oye, lo respeto, pero pensad que si a Jesucristo lo llegan a ahorcar en vez de crucificarlo… en el altar mayor de la catedral de Burgos habría un tío colgado. Y el santísimo Cristo de las Cinco Llagas se llamaría de la Lengua Fuera. Con perdón.
  
Que el Islam es bastante más respetuoso en ese aspecto con la imagen.

Pero es que yo abundaría más en el tema. En mi modesta y siempre respetuosa opinión para con los creyentes del profeta, el Islam es una religión que hoy, en el siglo XXI, está en su «Edad Media». O sea, al nivel del cristianismo, digamos, en el siglo IX o X en Europa, cuando en Al-Andalus florecían las ciencias y las letras y (con todos sus peros) había una tolerancia multicultural. Le daban sopas con honda en todos los aspectos a los brutos y oscuros astures de don Pelayo que luego se dejarían bajar a joder un poco hasta que Isabel y Fernando les estamparon la visa a los del turbante en el pasaporte para África.

El Islam no ha tenido su Erasmo, ni su Lutero, ni nadie ha clavado en la puerta de la Meca las 95 tesis de la Reforma. Entre otras cosas porque no es una religión con unas jerarquías claras. No hay ningún sumo pontífice a quién dirigirse para protestar de los abusos. Por eso tienen más subdivisiones que peñas hay del Real Madrid (sunníes, chiíes, sufíes, salafíes…).

Que a mí, que soy respetuoso con los creyentes, no me parece mal. Lo que sí me parece mal es que si los talibanes, o los gobiernos de Arabia Saudí (que hoy mismo, 16 de enero del 2015, va a ejecutar la condena de 50 latigazos a Raif Badawi —ver—, un bloguero condenado por blasfemia al que le serán dados otros 50 cada viernes hasta completar los 1.000 a que ha sido condenado), Afganistán, Irak, etcétera, deciden imponer la religión a sus ciudadanos… se permitan vivir utilizando todos los adelantos de la ciencia posteriores a la Edad Media.

O sea, eso de volar los jeques en avión privado al casino de Montecarlo, a jugarse unas partiditas de Black Jack y terminar la noche con cinco prostitutas rubias (o rubios) con braguitas de Victoria´s Secret… nada de nada. El avión no existía en la Edad Media, así que en camello y a El Cairo a jugar al ajedrez. Y la coyunda con fauna local, como en la Edad Media; morenas (o morenos) y con la bisectriz oliendo a borrego.

            ¿Esto qué es…? ¿Teta y sopas? ¿En el plato y en las tajás?

            No, hombre, no.

            Me parece correctísimo que a miles de millones de personas les encante vivir como en la Edad Media. Pero hay que ser consecuente. Si paramos el tiempo en el año 900, nos quedamos ahí. Con todas las consecuencias. Ni tratamientos para el cáncer ni para la viruela; sanguijuelas para hacer sangrías y pócimas del brujo. Ni Rolls-Royce, ni Ferraris con GPS, ni aire acondicionado; dromedarios, abanicos y mapitas.

            Claro que ¿quién iba a pagar las consecuencias? ¿Los jeques y la Casta petrolífera? No; los de siempre. Los de abajo.

            Tengo que coincidir con mi buen amigo en el exilio que hay borrones en la historia de Francia. Por supuesto. Los mismos que en la de cualquier país europeo, si no recuerdo mal, yo diría que menos. De todos los que fueron a América, nosotros los primeros, ni uno solo escapa al juicio de la historia en el tratamiento a la población indígena: España, Francia, Holanda e Inglaterra. A todos se les fue la mano. ¿Por qué? Por la misma razón de siempre cuando una civilización superior entra en contacto con otra inferior: porque podían.

            Estamos de acuerdo en las salvajadas de los paracaidistas franceses en Argelia, las barbaridades que cometió la OAS, y también, y sobre todo, en el colaboracionismo de una gran parte de la población con la ocupación nazi. Pero habría que calzarse las botas de aquellos franceses y francesas para comprenderlos. No es tan fácil de juzgar.

            Y nos dejaron solos. Eso sí es cierto. Solos en la guerra civil ante el poderío rebelde apoyado por la potencia alemana. Eso es lo que nos sumergió aún más en el atraso secular que padecemos. Nadie movió un dedo por la II República  quitando actos testimoniales. Si no recuerdo mal hasta Churchill dijo que «Franco puede ser un problema para los españoles, pero no para los ingleses». Ese fue el espíritu.
 
            Pero sigo pensando que Francia es un gran país. Un país que parió a Rousseau y a Voltaire, que cambió el pensamiento humano con la Revolución Francesa. Nada volvió a ser igual después. Incluso los dictadores posteriores que en el mundo han sido, han tratado de justificar sus actos dotándose de parlamentos trucados.

            Así que si esto revienta, siempre nos quedará París… ¿no?

            Au revoir, mes ami.






martes, 23 de diciembre de 2014

LOS BÁRBAROS




E
l 4 de septiembre del año 476, fue depuesto el último emperador de Roma, Rómulo Augústulo, por el caudillo de los germanos (de origen huno) Odoacro. Que lo mandó confinar en la bahía de Nápoles al chaval, porque la verdad es que tenía 15 años (y sin la Nintendo).  Aquí se cifra el fin del Imperio Romano de Occidente. Un imperio que había durado cinco siglos, y que se llegó a extender desde el océano Atlántico hasta las orillas del mar Rojo. Una cosa tremenda de grande.

            Y Mariano y sus primos están preocupados porque les van a mandar a coger caracoles en menos de once meses…

            Hombre, digo yo que ese tiempo da para destruir todas las pruebas, quemar los sobres del dinero y demás labores urgentes de un gobierno como el que tenemos. Y sobre todo hacer campaña para salvar los muebles.

            Que los candelabros se los estarán llevando ya a sus casas.

            Lo de gobernar… bueno, el Mariano es especialista en aguantar unos meses más disimulando. Un tío que cuando se le hunde un petrolero con 77.000 toneladas de crudo enfrente de su chalet, tiene los santos cojones de salir a decir que nada, que solo son unos «pequeños hilitos como de plastilina», es capaz de aguantar lo que le echen.

            Y es que aquí parece que hay que ser eternos. Y no. Todo lo humano nace, crece, le da a la coyunda (lo que puede cada uno/a) y al final la diña. Por definición. Ser humano es ser transitorio. Por suerte.

            Y así nos va, unos que si «los 100 años de honradez», hasta que llegó Filesa y Roldán… (Zas en toda la boca). Antes que si «unidad de destino en lo universal», hasta que se murió el superlativo general, que resulta que no era inmortal el jodío.

            No hay ni una sola idea en el pensamiento humano que sea inmutable a través de la Historia, creo. Coño, si en los tiempos en que el imperio español dominaba los océanos fueron dos marinos científicos (Jorge Juan y Ulloa) a medir el grado del meridiano en América y tuvieron que autocensurarse para no contradecir a los teólogos: Pese a que esto parece demostrado, no debe creerse por oponerse a la doctrina católica (Arturo Pérez-Reverte, Patente de Corso). Por si los horneaban…

            Y claro, Mariano que ve que le quedan dos semestres mal contados, y venga Ley Mordaza, represión, cambio de jueces que no le convienen, de fiscal general del Estado (más bien del Gobierno), le compra a los polis de la porra un camión que lanza agua a presión por 500.000 euritos. Lo normal.

            A ninguna generación le está permitido imponer sus propias leyes a las generaciones futuras. Está en la constitución francesa de 1793. Pero claro, Mariano solo lee el Marca.

            El Régimen del 78 ha resultado fallido. El país, o lo que va quedando de él, es un desastre que ni planificando su demolición controlada se podría haber hecho peor.

            Y claro, llegan los bárbaros.

            Menos mal que en este cambio de ciclo, los bárbaros que nos han tocado, aun llevando coleta como vándalos y ostrogodos, suelen ser profesores de la Complutense. Sensatos y con una formación académica rayana en la excelencia. Nada que ver con Odoacro ni Atila.

            Si no fuera por ellos, como válvula de escape a tanta indignación acumulada… iban a faltar bombonas de butano en Repsol para según qué cosas. Que voluntarios desesperados para inmolarse, me da a mí que sobran. Conste que no estoy de acuerdo con la violencia (por imperativo legal, más que nada).

            Pero la Roma Imperial (el Régimen del 78) no se va a dejar reducir a cenizas así como así. Ni hace 1.500 años ni ahora. Van a tirar con todo. Pólvora del rey tienen sobrada, y del Banco Santander ni te cuento.

            Los de la Casta llevan apareándose entre ellos más de treinta años. Haciendo negocios entre ellos, colocando a sus vástagos en los sitios (en los sitios de no doblar el espinazo). Forrándose como si no hubiera un mañana. Y claro, tanta endogamia, a la larga trae el desastre. No falla. Al final, los puestos de decisión importantes terminan copados por gilipollas.

Si un país es como una empresa familiar. El abuelo la levanta de la nada, el padre la mantiene y le da esplendor, y los nietos… se la pulen. Porque en el fondo, los que ahora están arriba son los nietos, en mayor o menor medida, de la «cuarentena» histórica en la que nos sumió el oscuro general gallego y sus secuaces. Como si no lleváramos ya siglos de atraso gracias a sotanas y crucifijos.  

No se me entienda mal, no es que yo sea anticlerical. Pero aquí no tuvimos un Lutero, ni un Rousseau. Tuvimos a Torquemada y a Millán-Astray. Y así nos ha ido.

Así que llegan los bárbaros. Y nosotros, el «pueblo de Roma», los apoyamos. Porque llegan limpios, sanotes, mestizos (al haberse copulado con todo quisque). Y con una fuerza que derriba murallas legales absurdas y rancias.

  Ya pueden temblar los patricios de esta Roma corrupta y llevarle ofrendas a Júpiter o a la virgen del Rocío. Que están a las puertas. Y van a cruzar el Rubicón.

Y sobre todo, ya pueden dar gracias de que estos bárbaros son ilustrados y no pasearán sus cabezas en una pica por la Castellana.


Alea iacta est.
           



            Que tengáis unas felices fiestas y seamos conscientes de que en 2015 empieza una curva de la Historia. Lo que no quita que visitemos a Lúculo y a Baco, oyes.